Mientras la riqueza no tenga límites, tampoco los tendrá la miseria

Dura crítica de Julio Bárbaro sobre el problema con el progresismo argentino.

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Hubo un mundo en un tiempo donde el comunismo avanzaba y parecía imparable. Fue un comunismo que imaginaba a la democracia como un simple prejuicio pequeñoburgués. Stalin asesinó a Trotsky, pero con él también a todo sueño revolucionario. Cuando Obama nacía, Fidel hacía ya dos años que gobernaba Cuba. En los países nórdicos el socialismo logró envidiables niveles de justicia e integración social. El comunismo en su caída dejó las marcas de las mafias y las corrupciones de la peor injusticia.

Los que se imaginaban de avanzada al abrazar la violencia ayudaron a los portadores del atraso a justificar sus masacres. Hubo algunos que nos contaron la historia del sueño de “agudizar la contradicción”, luego lo hicieron más simple, dijeron que “cuanto peor, mejor” y decenas de teorías –todas- conducentes al fracaso. El sueño marxista cayó convertido en pesadilla capitalista, Obama nos visita luego de pasar por Cuba donde sin duda el modelo de la revolución hace aguas por todos lados. Estar en contra del capitalismo no alcanza para tener un proyecto, gritar “abajo el imperialismo” es una manera ridícula de asumir la dependencia económica y cultural.

En Uruguay, la izquierda fue guerrilla, revisó sus errores, se convirtió en gobierno y sigue ganando elecciones con logros objetivos en la integración social. En Chile, la izquierda es parte de un frente y lo conduce; es democrática, tuvo su derrota, recuperó el poder. En Bolivia, Evo tuvo aciertos indiscutibles, deja una inflación anual casi idéntica a la mensual nuestra, le negaron la reelección, la democracia no está en discusión.

Nosotros tenemos complicados problemas con el progresismo o la izquierda (o como lo decidamos nominar). Arrastramos el tema de los derechos humanos como si con ello alcanzara para hacer justicia con los necesitados. Nunca la guerrilla asumió una autocrítica; le pedimos que abran los archivos a la Iglesia y a los EEUU, como si la conducción montonera sobreviviente no tuviera ninguna obligación de explicar sus actos.

Desde el Golpe al imperialismo, siempre la culpa la ponemos afuera. No hay dos demonios, el demonio es el otro y la virtud es de mi propiedad. En el triunfo electoral de Cristina, Binner era el segundo, el progresismo disperso era absoluta mayoría. Hoy gobierna un partido cuya virtud esencial es ser democrático, eso que la izquierda desprecia y las sociedades valoran y necesitan, eso que no permitió Stalin, ni Mao, ni Fidel; esa libertad que sigue siendo más necesaria que los pretendidos autoritarismos revolucionarios.

Nuestras izquierdas y progresismos no logran constituir un frente, siempre eligen volverse más duros y menos populares, casi ni se interesan en seducir a las mayorías, se sienten bien en el lugar de vanguardia iluminada que termina ayudando a la misma derecha a ocupar el gobierno. Cortan las calles para asegurar que la sociedad no los vote, dicen enfrentar al imperialismo pero terminan enojados con su pueblo y sin espacio para lograr mejoras.

La caída del comunismo marca que la democracia es un bien esencial al presente; si las izquierdas no lo asumen dejan de ser una opción electoral, se vuelven simples anquilosados conservadores superados por el progreso.

El debate entre reformistas y revolucionarios está agotado. El reformismo se impuso en forma definitiva, la única revolución posible está en las urnas. Y entonces nuestras pretendidas izquierdas y progresismos están obligados a forjar un frente electoral y estructurar una relación con la sociedad que busque seducirla y no tan solo agredirla y desvalorizarla.

Militantes son los que están al servicio de los necesitados, no los que se sirven de sus necesidades. Necesitamos limitar las ganancias de los grandes grupos monopólicos, las telefónicas y las petroleras, los laboratorios y los supermercados. Una izquierda madura debe convertir esta necesidad en propuesta digna de ser votada, no en resentimiento y en queja carente de todo sentido político.

La única revolución posible es apoyar el reformismo electoral, no hacerlo ni entenderlo termina sirviendo a los intereses que dicen enfrentar. Si la derecha gana las elecciones y la supuesta izquierda y el progresismo se dedican sólo a cuestionarla, el triunfo de las corporaciones es definitivo.

Mientras la riqueza no tenga límites, tampoco los tendrá la miseria. Limitar las ganancias de los monopolios es el único objetivo que nos acerca a la justicia social. Es necesario abandonar el espacio del resentimiento y forjar propuestas que expresen las necesidades populares. El resto es mero folklore.

Fuente: Infobae.com

 

 

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