El avance de la tecnificación en viñas y bodegas promete eficiencia, precisión y reducción de costos para las empresas del sector vitivinícola. Sin embargo, del otro lado del proceso aparece una problemática silenciosa: la pérdida de puestos de trabajo y la creciente precarización laboral que afecta a cientos de familias vinculadas a la actividad.
Así lo advierte Daniel Romero, secretario de Prensa de la Federación de Obreros y Empleados Vitivinícolas y Afines (FOEVA), quien remarca que “el progreso tecnológico no puede ir desligado de políticas que garanticen la inclusión laboral y la capacitación de los trabajadores”.
La cosecha marca el punto culminante del calendario vitivinícola: el momento de recoger los frutos de un año de trabajo sobre la vid. Antes de llegar a esa instancia, las plantas requieren una serie de cuidados culturales —poda, atado, desbrote, riego y control de plagas— que históricamente demandaron mano de obra especializada.
Hoy, las máquinas cosechadoras y otros equipos de alta precisión ganan terreno en tareas que hasta hace pocos años dependían casi exclusivamente del trabajo humano. Mientras que en los vinos de media y alta gama aún prevalece la cosecha manual, en los vinos a granel la mecanización avanza rápidamente, impulsada por la necesidad de reducir costos y aumentar la productividad.
Un cambio que redefine el trabajo rural
Aunque los trabajadores no son reemplazados por completo, la reducción progresiva de tareas deja cada vez menos margen para el empleo estacional, sobre todo en la antesala de la cosecha. Según Romero, “las grandes empresas desvinculan entre 20 y 30 trabajadores por año debido a la incorporación de tecnología y a la baja rentabilidad del sector”.
La ausencia de estadísticas oficiales sobre los despidos complica el diagnóstico. Las desvinculaciones se producen de distintas maneras —desde despidos directos hasta los llamados “despidos indirectos”, a través de acuerdos que fuerzan la renuncia—, y la constante rotación de razones sociales entre las empresas tercerizadas vuelve casi imposible el seguimiento.
El fenómeno golpea especialmente a los trabajadores temporarios, muchos de ellos provenientes de provincias del norte. La precarización laboral y la falta de condiciones adecuadas generan tensiones sociales en las comunidades donde la vitivinicultura es fuente central de empleo.
Además, la cosecha manual representa para muchos trabajadores la posibilidad de un ingreso extra que ayuda a equilibrar los bajos salarios del resto del año. Con la mecanización, ese ingreso se ve cada vez más comprometido.
Romero plantea que “sin capacitación, vamos hacia una ola de despidos; no se trata de frenar la innovación, sino de acompañarla con herramientas que integren a los trabajadores”. Desde FOEVA proponen un enfoque que combine innovación y preservación del empleo.
“Es posible lograr un equilibrio entre la tecnología y el trabajo humano. Para eso necesitamos políticas públicas de formación continua y compromiso empresarial para que los trabajadores puedan aggiornarse”, afirma.
La Federación avanza en la creación de un instituto de capacitación conjunta con el sector empresarial, que permita a los empleados actualizar sus conocimientos y adaptarse a los nuevos procesos productivos sin quedar marginados.




