Enrique Ernesto Shaw nació en París el 26 de febrero de 1921, pero llegó a la Argentina cuando tenía apenas dos meses. Su vida estuvo atravesada por la familia, la fe, el trabajo, la empresa y el compromiso social, ámbitos que terminaron formando parte de una misma concepción.
Hijo de Alejandro Shaw y Sara Tornquist, estudió en el Colegio La Salle e ingresó posteriormente a la Escuela Naval Militar. Durante su paso por la Armada profundizó su compromiso religioso y social. En 1943 se casó con Cecilia Bunge, con quien tuvo nueve hijos.
En 1945 pidió la baja de la Marina y comenzó a trabajar en el ámbito empresarial. Su interés no se limitaba a conocer el funcionamiento de una compañía: quería acercarse a la realidad cotidiana de los trabajadores. Según los registros de la causa de canonización, incluso llegó a considerar la posibilidad de convertirse en obrero, hasta que un sacerdote lo orientó hacia otra misión: llevar su visión cristiana al mundo empresarial.
Su trayectoria lo llevó hasta Cristalerías Rigolleau, donde se desempeñó como director delegado. La empresa contaba con unos 3.600 trabajadores y allí desarrolló una concepción de la actividad empresarial que se alejaba de entender a la compañía exclusivamente como una estructura destinada a producir y obtener ganancias.
Para Shaw, detrás de cada trabajador había una persona, una familia y una comunidad. Esa mirada lo llevó a interesarse por las condiciones laborales, la salud y el bienestar de los empleados y sus familias, además de impulsar iniciativas vinculadas con la capacitación y el desarrollo humano.
La empresa como comunidad de personas
Uno de los aspectos centrales de su pensamiento fue su concepción de la empresa como una comunidad de personas. En El papel del dirigente de empresa, un trabajo publicado en 1959, Shaw señalaba tres deberes centrales para quienes conducían una compañía: servicio, progreso y ascensión humana.
La empresa debía ser, para él, algo más que una unidad económica. También debía contribuir al crecimiento de quienes formaban parte de ella. El sitio dedicado a su legado resume una de sus ideas centrales: “En la empresa hay que hacer crecer a los trabajadores en su dignidad”.
Esa perspectiva también estuvo presente en su preocupación por las políticas públicas. Shaw fue uno de los impulsores de la Ley de Asignaciones Familiares y participó en distintas iniciativas vinculadas con la familia, la educación y el desarrollo social.
También fue uno de los impulsores de la creación de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), fundada en 1952, y se convirtió en su primer presidente.
ACDE nació con el propósito de promover una mirada sobre la actividad empresarial inspirada en la Doctrina Social de la Iglesia. Desde sus comienzos buscó llevar esos principios al ámbito de las empresas y formar dirigentes comprometidos con una concepción más amplia de su responsabilidad.
Shaw también integró el primer Consejo de Administración de la Universidad Católica Argentina (UCA) y participó en iniciativas vinculadas con el Movimiento Familiar Cristiano.
Una vida breve y un legado que continuó
La enfermedad atravesó los últimos años de su vida. Shaw murió en Buenos Aires el 27 de agosto de 1962, a los 41 años. A pesar de su corta trayectoria, dejó escritos, reflexiones y testimonios que posteriormente fueron recuperados para reconstruir su pensamiento sobre la empresa, la familia y la sociedad.
Una de las frases que sintetizan su mirada sostiene: “Nada anda bien en una sociedad donde muchos están mal”. La expresión resume una idea recurrente en sus escritos: el desempeño económico no podía analizarse separado de las condiciones de vida de las personas que participaban de la actividad productiva.
Su figura comenzó a adquirir una nueva dimensión después de su muerte. La Iglesia inició el proceso de canonización y en 2021 el papa Francisco reconoció sus virtudes heroicas, un paso que permitió que Shaw fuera declarado Venerable.
El proceso tuvo un avance decisivo el 18 de diciembre de 2025, cuando el papa León XIV autorizó la promulgación del decreto que reconoce un milagro atribuido a la intercesión de Enrique Shaw. El reconocimiento fue informado por el Vaticano y por la Conferencia Episcopal Argentina y habilitó el camino hacia su beatificación.
La decisión volvió a poner en primer plano su figura dentro del mundo empresarial argentino. En noviembre de 2025, durante la 31ª Conferencia Industrial Argentina, León XIV había destacado su manera de entender la actividad productiva y recordó que Shaw promovió salarios justos, programas de formación y atención de la salud de los trabajadores y sus familias.
El Papa señaló además que, para Shaw, la rentabilidad no constituía un absoluto, sino un elemento necesario para sostener una empresa humana, justa y solidaria.
Desde ACDE sostienen que su legado mantiene vigencia precisamente por esa mirada sobre la actividad empresarial. El sitio oficial que reúne su obra, documentos y testimonios plantea como una de sus preguntas centrales si existe la convicción de que quienes conducen empresas tienen la responsabilidad de hacer mejor el mundo y la capacidad para hacerlo.
Su historia quedó así vinculada a una pregunta que excede la dimensión religiosa de su proceso de beatificación: qué significa ser empresario y cuál es la responsabilidad de quien dirige una organización frente a las personas que trabajan en ella y frente a la sociedad.
Enrique Shaw murió hace más de seis décadas, pero esa discusión continúa abierta. Su propuesta de entender la empresa como una comunidad humana, y no solamente como una estructura económica, es el eje de un legado que vuelve a ser observado desde el mundo empresarial, social y religioso.


