Little Richard, una de las últimas estrellas sobrevivientes del rock and roll e influencer de gigantes como los Beatles, Bob Dylan y David Bowie, murió el pasado 9 de mayo a los 87 años. Pero la llama de su genio nunca se apagará.
Cuenta la leyenda que ya en 1957, de repente, Little Richard se había esfumado del mapa sin previo aviso. Abandonó las giras, dejó de grabar discos y se puso a tocar el piano en una Iglesia Adventista del Séptimo Día de Times Square, en Nueva York.
Su decisión maduró durante un terrible incendio en el avión en que viajaba cuando Richard, postrándose de rodillas, prometió que si las llamas se extinguían abandonaría para siempre “la música del infierno” y consagraría sus galvanizadas amígdalas a cantar góspel. “¡Y Dios atendió mis plegarias y apagó el fuego!”, proclamó.
Cuando lo contó, sus amigos comulgaron en que el tipo estaba loco y se rieron de él, pero Richard se quitó los costosos anillos que acorazaban sus manos y los echó al mar. “¡Ocho mil dólares, me gustaría ver la cara del que los pesque! ¡La dote de un rey y todo por gentileza de Little Richard!”.
Cumplió su promesa durante cinco años, durante los cuales nunca pudo sumarse a Billy Graham y Oral Roberts en el circuito de los cazadores de evangelistas. Y en 1964, estimulado por el suceso de los Beatles y celoso del uso liberal de sus antiguos licks, Little Richard regresó al mundo de la música pop tomándolo del mismo lugar donde lo había dejado: grabó para Specialty Records “Bama Lama Bama Loo” con el mismo empuje kinético de sus éxitos de los ’50. Pero aunque la canción atrajo suficiente atención para colarse en el puesto 80 del Billboard Hot 100, los gustos ya habían pegado un volantazo: cualquier secuela de esta anacrónica aproximación parecía ridícula.
Cuando en 1970 le preguntaron a John Lennon por sus gustos musicales, simplemente respondió “A-wop-bop-a-loo-bop”, el grito de batalla de “Tutti Frutti”, la canción que lanzó la carrera de Little Richard en 1955.
“Vengo de una familia donde a mi gente no le gustaba el rhythm & blues. Bing Crosby, ‘Pennies From Heaven’, Ella Fitzgerald era todo lo que escuchaba”, rememoró Richard. “Sabía que había algo que podía ser más ruidoso que eso, pero no sabía dónde encontrarlo. Y encontré que era yo”.
Richard Penniman (así se llamaba) tenía doce hermanos y su padre, que vendía whisky ilegal, lo echó de casa cuando tenía 13 años por su comportamiento gay-friendly. Desterrado, giró por el circuito del vaudeville y grabó algunos discos desafortunados hasta que a los 22 años, lavando platos en una cafetería del Greyhound, escribió su primer éxito, que vendió un millón de copias.
“Mi jefe empezó a tirarme todas esas ollas para que las lavara y un día dije ‘tengo que hacer algo para que deje de tirarme todas esas ollas’, y dije ‘A-wop-bop-a-loo-bop-a-lop-bam-boom, ¡lavalos vos! Así escribí ‘Tutti Frutti’, en la cocina”.
Usaba amplios trajes de seda y en la cima de su cara redonda, siempre en éxtasis y fileteada con un fino bigote anchoa, anidaba un monstruoso pompadour embebido en brillantina que sobrevivía estoicamente a sus electrizantes sacudidas, aporreando el piano con sus manos y talones mientras el dobladillo de sus pantalones ondeaba como un cometa. Adornaba cada frase con gritos agudos, ronquidos y aullidos de sirena.
“Tenía una voz incansable, histérica, totalmente indestructible”, recuerda el crítico Nik Cohn. “Su típica canción era la no-canción, no más de doce compases de fondo con letras increíblemente simples, pero que él interpretaba como si de cada última sílaba chorreara oro”.
Así fueron pasando, una por una, todas destinadas a convertirse en historia: “Long Tall Sally”, “Slippin’ and Slidin’”, “Lucille”, “Rip It Up”, “The Girl Can’t Help It”, “Reddy Teddy”, “She’s Got It”, “Jenny Jenny” y “Keep A Knockin’”. Pero hubo más.

Un chico de Londres llamado David Jones decidió por entonces que la de Little Richard era “la voz de Dios” y apuró los trámites para convertirse en David Bowie. En la lejana Buenos Aires, el músico y productor Daniel Melero, uno de los primeros en apadrinar al rockabilly vernáculo con Casanovas, rememoró que en su niñez “poníamos los simples de Little Richard con mi hermana para dar vueltas y vueltas hasta marearnos y caer desplomados al pie del Wincofón”. Bob Dylan recordó en su Twitter haber escrito en el anuario de la secundaria que su objetivo era “unirse a Little Richard”.
Pero con los años y los cambios constantes, el único que terminó renegando de Little Richard fue Little Richard. A finales de los ’70, cuando aparecía en un escenario balbuceaba incoherencias entre las canciones para recuperar el aliento. El excesivo uso de alcohol, cocaína y otras drogas estuvo cerca de llevarlo a la ruina y Penniman buscó refugio en la iglesia, trabajando como vendedor de biblias y evangelista. “¡Dios quiere que perdones al rock & roll”, gritaba en un meeting en North Richmond, California, culpando de su homosexualidad y adicciones a la música. “Si Dios pudo salvarme a mí, un viejo homosexual, también puede salvar a cualquiera”, exhortaba al público.

El 9 de mayo pasado no hubo Dios que atendiera en su iPhone las plegarias de Little Richard: ese día su cuerpo y alma abandonaron mucho más que la “música del infierno” y su vida terminó apagándose a los 87 años, igual que el inexorable silencio que acecha el final de todas sus canciones. Aunque, claro está, la llama de su extraordinario legado inmortal lejos, muy lejos, está de extinguirse alguna vez.

