Mucho antes de que se confirmara el rival, los hinchas argentinos ya tenían la canción lista. Cuando se supo que era Inglaterra, las redes explotaron en minutos con referencias a 1982, a 1986 y a cuarenta años de historia que más allá de todo, el propio Lionel Scaloni se encargó de bajarle el tono en nueve palabras: “Es un partido de fútbol. No busquemos otra cosa”.
El partido contra Suiza todavía no había terminado cuando la hinchada argentina en Kansas City empezó a cantar “el que no salta es un inglés”. Faltaban veinte minutos para el pitido final y el marcador estaba igualado. No importó. La anticipación al rival que podría venir pesaba más que cualquier posibilidad de quedar afuera.
Cuando Lautaro Martínez metió el 3-1 en el tiempo suplementario y Argentina confirmó su pase a las semifinales, las redes sociales argentinas tardaron exactamente lo que tarda en cargar una página en reaccionar. El nombre del rival siguiente era lo único que importaba, y cuando se confirmó que sería Inglaterra, lo que vino fue una catarata que mezcló historia, ironía, nostalgia, bronca y algo parecido a la alegría de reencontrar a un enemigo conocido.
“Nos vemos el miércoles, Inglaterra. PD: Te manda saludos Diego Armando Maradona”, escribió un usuario muy retuiteado de la noche. El mensaje no necesitaba explicación.
La frase “Por Malvinas” se instaló rápidamente en X, Instagram, TikTok y Facebook como una forma de expresar apoyo a la Selección antes del duelo contra los Three Lions. No era solo una arenga futbolera. Era la activación de una memoria que en Argentina nunca termina de sedimentar del todo.
La reacción no quedó solo en las tribunas y en las redes. Los propios jugadores la tradujeron en música.
A través de un video en vivo compartido por Nicolás Otamendi, se pudo ver al plantel cantar con euforia “La cuarta estrella”, una canción creada por Pablo Quintana —conocido en redes como Palmito Música— que se viralizó durante el torneo. La letra decía: “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo. Argentina, quiero verte bicampeón”.
El video circuló millones de veces en pocas horas. La prensa británica no tardó en reaccionar. El Daily Mail remarcó con desagrado que los futbolistas argentinos cantaron que vencerán a Inglaterra “por las Malvinas” y que se unieron a los hinchas saltando al ritmo de “el que no salta es un inglés”.
El analista Tim Vickery, especialista en fútbol sudamericano que trabaja habitualmente para medios ingleses, intentó explicarle a su audiencia qué significaba todo eso. “Lionel Messi no podría terminar una carrera internacional de más de 200 partidos sin enfrentarse al equipo que los hinchas argentinos ven como su mayor rival. Van a escuchar muchísimo más de eso el miércoles”, aseguró en televisión.
Antes del partido, hinchas de ambas selecciones ya se habían cruzado físicamente. Un enfrentamiento en las tribunas del Miami Stadium durante el partido entre Inglaterra y Noruega involucró a fanáticos con camisetas albicelestes y británicos, y terminó con la intervención de la policía y la expulsión de varios de los implicados.

Scaloni: nueve palabras contra la marea
En la conferencia de prensa posterior al triunfo ante Suiza, Lionel Scaloni fue consultado al respecto y eligió exactamente el camino opuesto a las prontas reacciones.
“El mensaje para Argentina vs. Inglaterra es que es un partido de fútbol. No busquemos otra cosa. Es un partido de fútbol, punto. No hay más que eso”, dijo. Con la misma calma que usa para todo.
Agregó además que admiraba a Thomas Tuchel, el técnico alemán al frente de la escuadra inglesa. Asimismo, para el oriundo de Pujato lo que el equipo necesitaba antes del miércoles es recuperarse físicamente. Cuando le preguntaron si el rival le importaba, contestó: “Da igual que sea Inglaterra o Noruega. Nos vamos a encontrar con un equipo que juega muy bien”.
La brecha entre lo que decía Scaloni y lo que pasaba afuera de esa sala de prensa era enorme. Eso también es parte de lo que hace al seleccionador distinto a casi todos sus predecesores: sabe exactamente qué espera el contexto de él y elige no dárselo.
Antes de cerrar la conferencia, se tomó un momento para despedir a Antonio Rattín, el exfutbolista de Boca Juniors y la Selección que había muerto esa misma mañana a los 89 años: “Un símbolo de nuestro fútbol, que tantas alegrías nos dio”. El equipo frente a los suizos había jugado el partido con brazalete negro en su honor.
El nombre de Rattín en esa rueda de prensa no fue casual. Fue la conexión más directa posible entre el partido de este miércoles y la historia que lo precede.
En los cuartos de final del Mundial de Inglaterra, con los locales como anfitriones y favoritos, el árbitro alemán Rudolf Kreitlein expulsó al capitán argentino Rattín sin que nadie entendiera bien por qué. No había tarjetas en ese entonces. El partido estuvo detenido diez minutos hasta que Rattín decidió dejar el campo.
Pero no sin antes hacer lo que haría para siempre su nombre inmortal.
“Cuando llegué al corner les retorcí la bandera inglesa y los insulté, y después fui a la alfombra por la que ingresaba la Reina al estadio y me senté durante unos cinco minutos. Era una alfombra roja muy bonita”, contó el propio mediocampista años después, con la ironía de quien sabe que hizo exactamente lo que tenía que hacer.
La FIFA tomó nota del caos de ese día y en el Mundial siguiente, México 1970, implementó las tarjetas amarilla y roja. Rattín, sin buscarlo, cambió las reglas del fútbol mundial. El gesto de sentarse en la alfombra destinada a la Reina Isabel II definió una imagen de la rivalidad que sobrevivió seis décadas.
Murió el mismo día que Argentina clasificó para jugar contra los ingleses nuevamente. Tenía 89 años.

La historia larga: de los barcos a los bloqueos
El fútbol entre Argentina e Inglaterra tiene tanto peso porque los dos países llevan más de dos siglos acumulando historia en común, y casi nada de ella fue tranquila.
Las Invasiones Inglesas llegaron al Río de la Plata en 1806 y 1807. El general William Carr Beresford tomó Buenos Aires con 1.600 hombres y la ciudad se organizó sola para reconquistarse, sin esperar órdenes de nadie. Esa resistencia espontánea es considerada por muchos historiadores el primer ensayo de autogestión política que llevó a la Revolución de Mayo de 1810.
En 1845, una flota anglofrancesa bloqueó el río Paraná para presionar comercialmente al gobierno de Juan Manuel de Rosas. Argentina respondió con la Batalla de la Vuelta de Obligado, donde el general Lucio Mansilla enfrentó con artillería terrestre a los buques invasores. Técnicamente fue una derrota, pero la resistencia fue suficiente para que el bloqueo se levantara tres años después.
El Pacto Roca-Runciman de 1933 cerró ese ciclo con su capítulo más controvertido. El acuerdo garantizó a Gran Bretaña condiciones preferenciales en el comercio con Argentina a cambio de cuotas de carne. El senador Lisandro de la Torre lo denunció como una entrega en el Congreso Nacional. El debate derivó en el asesinato del senador Enzo Bordabehere, que estaba sentado a su lado cuando un pistolero intentó matarlo a él.
Eso quedó archivado en los libros. Lo de 1982 no pudo archivarse igual.

El conflicto de Malvinas duró 74 días y terminó el 14 de junio de 1982 con la rendición argentina. Murieron 649 soldados argentinos, 255 británicos y tres civiles isleños. La dictadura militar argentina entró en colapso poco después. El gobierno de Margaret Thatcher salió políticamente fortalecido.
Cuatro años más tarde, Argentina e Inglaterra jugaron los cuartos de final del Mundial de México 1986. El contexto político todavía estaba fresco. En las tribunas del Estadio Azteca había pancartas sobre Malvinas. No faltaron trompadas entre barras argentinos y los hooligans. Sobre el campo, Diego Maradona, el capitán de aquella selección conducida por Carlos Bilardo, grabó para siempre dos de las jugadas más comentadas de la historia del fútbol.
La primera, en el minuto 51, fue con la mano. El árbitro tunecino Ali Bin Nasser no lo vio. Maradona lo llamó después “la mano de Dios”. Los ingleses: trampa. El segundo, cuatro minutos más tarde, fue una carrera de 55 metros en la que gambeteó a cinco jugadores rivales y al arquero. La revista World Soccer lo eligió como el mejor gol del siglo XX.
“Un poco con la cabeza de Maradona y un poco con la mano de Dios”, explicó el propio Diego en la conferencia de prensa, con una sonrisa que no dejaba dudas sobre lo que había hecho ni sobre si le importaba haberlo hecho.
Argentina ganó 2 a 1 y terminó siendo campeón del mundo. El partido del Azteca quedó como uno de los más cargados de significado en la historia del fútbol internacional.
Francia 1998 añadió una capa más. En octavos de final, un partido que tuvo de todo: el gol de Owen a los 17 años, el golazo de Zanetti de tiro libre, la expulsión de David Beckham por dar una patada al “Cholo” Simeone en el piso, y la tanda de penales que Argentina ganó 4 a 3 para avanzar de ronda.
Inglaterra volvió a casa sin su figura más visible. Beckham fue declarado el peor villano del año en su propio país. Argentina siguió adelante hasta los cuartos de final, donde cayó ante Países Bajos. Cada nación construyó su propia narrativa de aquella noche en Saint-Étienne. Ese patrón también es parte del patrón.
Los jugadores de la Premier, el elemento nuevo
El cruce del miércoles tiene una dimensión que no existía en ningún antecedente histórico: buena parte del plantel argentino son figuras queridas y reconocidas por los propios hinchas ingleses.
Emiliano “Dibu” Martínez es el arquero del Aston Villa y fue elegido mejor portero del mundo en Qatar 2022. Cristian “Cuti” Romero es el central y capitán del Tottenham, uno de los defensores más físicos de la Premier. Lisandro Martínez ganó el título con el Manchester United. Alexis Mac Allister —autor del gol que abrió el marcador ante Suiza— ganó la Champions League con el Liverpool. Enzo Fernández llegó al Chelsea por 120 millones de euros y también porta la cinta en el elenco de Stamford Bridge.
Julián Álvarez jugó en el Manchester City con Pep Guardiola hasta hace dos temporadas, antes de firmar con el Atlético de Madrid. Sus ex compañeros del City estarán en el lado inglés el miércoles.
Esa familiaridad entre planteles no existió en 1966, ni en 1986, ni en 1998. Es el elemento radicalmente nuevo de este cruce: dos grupos de futbolistas que se conocen entre sí mejor que nunca, que saben cómo juegan, cómo piensan y dónde tienen los límites. El fútbol moderno generó esa paradoja: la rivalidad más cargada de historia tiene ahora protagonistas que son colegas.
Lo que el miércoles puede ser
Las redes seguirán subiendo la temperatura hasta el pitido inicial en Atlanta. Los medios ingleses seguirán quejándose de las canciones sobre Malvinas. Los argentinos continuarán saltando y cantando. La historia de dos siglos seguirá pesando en cada declaración previa al partido.
Y Scaloni seguirá diciendo que es un partido de fútbol.
Tiene razón. También tiene razón quien dice que es mucho más que eso. La diferencia entre un entrenador y una hinchada es, entre otras cosas, que el entrenador necesita que su equipo entre a la cancha con la cabeza fría. La hinchada no tiene esa restricción.
“Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”, cantaron los jugadores en el vestuario de Kansas City. Después salieron a la conferencia de prensa y Scaloni dijo que era un partido de fútbol.
Los dos tienen razón. Y el miércoles habrá que jugar igual.




