Una libra de carne, de Agustín Cuzzani, se presenta durante agosto en Temperley con un elenco independiente de la zona sur del Conurbano. La puesta, que obtuvo el segundo premio a mejor obra en el Festival Regional 2025, recupera una pieza inspirada en El mercader de Venecia y encuentra en el presente nuevas resonancias.*
El teatro independiente de la zona sur del Conurbano bonaerense vuelve a poner en escena un texto escrito hace más de siete décadas, pero que mantiene una particular capacidad para dialogar con la realidad actual. Se trata de Una libra de carne, de Agustín Cuzzani, una farsátira que combina humor, situaciones dramáticas y una mirada crítica sobre el trabajo, las deudas y las relaciones de poder.
La historia sigue a Elías Beluver, un trabajador que atraviesa una sucesión de dificultades económicas y laborales hasta quedar atrapado por una deuda. El conflicto deriva en un juicio en el que el acreedor reclama, literalmente, una libra de su carne. Cuzzani tomó como punto de partida el conflicto planteado por Shakespeare en El mercader de Venecia y lo trasladó a la sociedad argentina de mediados del siglo XX.
La versión que llega a los escenarios de Temperley es el resultado del trabajo de un grupo independiente que decidió conformarse como cooperativa para llevar adelante el proyecto. Entre sus integrantes está el actor y periodista Rubén Fernández Lisso, quien explicó que el proceso comenzó de manera gradual, a partir de ensayos en los que fueron encontrando la identidad del grupo y de la puesta.
“Somos un grupo de actores, nos conformamos en cooperativa para hacer la obra”, contó Fernández Lisso. El elenco está integrado por Lisandro Cavanna, Rubén Fernández Lisso, Silvina Oliva, Naime Rodríguez, Carla Roseti, Claudia Turdo y Leandro Varela Vargas, bajo la dirección de Gabriela Pagés. El equipo artístico se completa con el diseño de luces de Mateo García y la música original de Klaus Mauro.
El trabajo colectivo también alcanza otros aspectos de la producción. El vestuario fue realizado por los propios integrantes, mientras que la iluminación y la música fueron pensadas especialmente para esta versión. De esta manera, el grupo construyó una propuesta que apuesta a la sencillez de los recursos y al trabajo actoral como centro de la escena.
Una historia conocida, con una mirada puesta en el presente
Uno de los aspectos que el elenco buscó trabajar fue la actualización de determinados elementos sin alterar la historia original de Cuzzani. “La obra de Cuzzani está muy respetada”, explicó Fernández Lisso, aunque fue necesario adaptar algunas cuestiones, entre ellas los trabajos y características de los personajes.
En el centro de la trama aparece Beluver, un protagonista particular porque prácticamente no tiene texto. La acción se construye alrededor de él y de las situaciones que atraviesa: dificultades laborales, endeudamiento y finalmente un grave problema de salud. Su recorrido permite que el relato avance entre el humor y el drama, mientras los demás personajes construyen el contexto en el que se desarrolla su historia.
“La vida de este tipo es una desventura”, resumió el actor. A medida que las dificultades se acumulan, el personaje queda cada vez más condicionado por un sistema que parece ofrecerle pocas salidas. Allí aparece uno de los puntos de contacto que el grupo encuentra con la actualidad.

Aunque la pieza aborda situaciones de fuerte contenido social, la puesta evita convertir el espectáculo en un discurso. El humor ocupa un lugar central y permite que los temas más duros aparezcan dentro de una estructura teatral dinámica. La propuesta pertenece al género de la farsátira, una combinación de farsa y sátira característica de la dramaturgia de Cuzzani.
“Es una obra profunda, aunque está contada como si fuera verdaderamente un cuento”, describió Fernández Lisso.
La escenografía también acompaña esa decisión. No se trata de un montaje cargado de elementos: unos pocos bancos van cambiando de disposición y permiten construir los distintos espacios donde transcurre la acción.
El grupo ya realizó alrededor de 30 funciones —según Fernández Lisso— en distintos espacios de la zona sur y otras localidades bonaerenses. La producción pasó por escenarios de Lomas de Zamora, Almirante Brown, Monte Grande y Ciudad Evita, entre otros puntos, consolidando un camino dentro del circuito teatral independiente de la región.
Esta presentación también tuvo reconocimiento en el circuito teatral. En el Festival Regional 2025, Una libra de carne obtuvo el segundo premio a mejor obra, mientras que Gabriela Pagés recibió una distinción por la dirección y Claudia Turdo una mención por actuación femenina. El vestuario también fue galardonado.
El teatro como una forma de volver a jugar
Para Fernández Lisso, el vínculo con la actuación comenzó de manera inesperada y ya en su vida adulta. Vivía en Morón y, después de su jornada laboral, tenía varias horas libres. Un día encontró un folleto de un teatro de la zona que anunciaba clases y ofrecía una primera experiencia gratuita. Fue a probar y terminó conociendo una actividad que, desde entonces, se convirtió en una parte central de su vida.
“Descubrir la actuación para mí fue uno de los momentos más maravillosos y copados de mi vida adulta”, recuerda.

Lo que encontró en aquellas primeras clases fue algo que no esperaba. “Fue volver a jugar, fue como recuperar la instancia del juego y de la alegría y de la algarabía infantil”, cuenta el actor.
Desde entonces, nunca dejó de hacer teatro. Su recorrido comenzó en el conurbano oeste y continuó luego en el sur, cuando volvió a vivir en esta zona. Pasó por distintos espacios, entre ellos Diablo Mundo, y siguió formándose en actuación.
Para el actor, esa experiencia tiene una particularidad que trasciende el escenario. “Me di cuenta de que es una forma de juego, quizás sea la forma de juego más sofisticada que conocí en mi vida”, sostiene.
La posibilidad de interpretar personajes, animales o situaciones diferentes implica, según explica, atravesar primero los prejuicios y la sensación de sentirse ridículo. Una vez superada esa barrera, aparece otra experiencia: la libertad de jugar sin las restricciones de la vida cotidiana.
“Cuando lográs sacarte de encima esos prejuicios y esos miedos, se convierte en un juego alucinante y súpersofisticado”, afirma.
Esa mirada también ayuda a entender el espíritu con el que Fernández Lisso encara el trabajo colectivo. El teatro aparece como una práctica artística, pero también como un espacio de aprendizaje, encuentro y exploración.
Una propuesta que sigue en movimiento
Ahora el espectáculo estará durante los domingos de agosto en Mandorla Teatro, Triunvirato 255, Temperley, a las 19. Espacio donde inició el grupo teatral.
El grupo continúa así con una producción nacida en el circuito independiente y construida de manera cooperativa, que ya recorrió distintos escenarios de la región y que encontró en una pieza escrita en 1954 una manera de volver a hablar sobre cuestiones que todavía forman parte de la vida cotidiana.
Y quizás allí esté una de las razones por las que un texto escrito hace más de 70 años puede volver a escena: porque algunas de las preguntas que plantea sobre el trabajo, las deudas, la desigualdad y la relación entre las personas y el sistema que las rodea todavía siguen abiertas.




