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¿Y si todo esto es otra mentira?

Ziggy Savasta Por Ziggy Savasta
7 junio, 2026
en Destacados, Random
20 2
0
¿Y si todo esto es otra mentira?

Indio Solari

37
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¿Quién diantres era el Indio Solari? La primera vez que lo sentí en mi órbita lo pensé como un semejante a Horacio Guarany, uno de esos tipazos del folclore con poncho XXL como una carpa de camping, que según se aseguraba le hablaba a los árboles y éstos le respondían a través de una extraña lengua de hojarasca agitada por el zonda y parida por las raíces mismas de la sabiduría.

Después, circa mediados de los ochenta o así, me llegó una respuesta algo ambivalente a través del segundo de sus discos con el por entonces enigmático Patricio Rey y el delay que repetía monocorde su voz embriagada de soledad, salida del megáfono de algún patrullero. “Ella tiene/ una forma de hacerme creer/ que es para mí/ la mejor manzana…”.

A esto le siguió como un perro faldero la primera vez que el tal Solari se me apareció en las entrañas del Parakultural, el Palacio del Caos, entre bambalinas y esquivando a una troupe envalentonada donde convivían las Gambas al Ajillo, incipientes figuras del rock local y un gigantesco pene de papel maché que obligaba a los asistentes a darle paso cada vez que emergía de unas tinieblas de utilería como uno de esos monstruos de goma de las películas de Ed Wood.

Agazapados y virales, como en una patética trinchera de cotillón, grotescos y divinos asomaban sus cabezas luminarias del under como el gran Enrique Symns y el eterno Emilio Petcoff con sus eternas petacas de ginebra Bols, que temblaban fosforescentes y parpadeaban en la oscuridad, apretándolas entre sus dedos incontinentes como si fueran cuchillos dispuestos como un Genet al asesinato virtual. “Su estilo desprecia/ mi soñar/ con ella soy/ rico gratis…”.

El Indio era el pelado que en rigor de la verdad no era pelado, como Luca Prodan (que también estaba en ese Parakultural), probando un hula-hula de cintura y flexionando las piernas entumecidas en un baile grotesco pero original que tenía tantos guiños al tai-chi como indulgencia a la ceremonia samurái. Tal vez fuera porque el tipo, Solari, estaba leyendo por entonces a Mishima, pero ¿cómo saberlo? Aun conociéndolo un poco después, el relleno de su cerebro mágico (de donde provenía su lírica trepidante contagiada del comic) hasta hoy resulta un enigma para la ciencia y más de un neurólogo o psicoanalista se las ve negras a la hora de intentar decodificarlo.

Debe haber sido apenas discurría el ’88 cuando sospeché que su aliento y su verba estaban más cerca. No recuerdo cómo empezó, pero por esa época la Negra Poli, la pareja de Skay Beilinson (los alter ego de Caín y Abel) comenzó a aparecer por el taller de diagramación del diario El Día de La Plata, donde yo hacía mis torpes primeras armas en busca del Santo Grial del periodismo, para invitarme a un café y una charla sobre una entrevista con los Patricio Rey, una entrevista que por entonces no se le concedía a ningún medio gráfico porque la banda, insistía Poli, le tenía “alergia” a las preguntas y respuestas, y más todavía a las fotos fuera del escenario.

El café nunca fue, pero las entrevistas comenzaron a fluir desde el lanzamiento de “Un Baión para el Ojo Idiota” y se sucedieron bajo un extraño manto de clandestinidad, como si se tratara de un encuentro furtivo con un Firmenich o Khadafi. El lugar de la cita era un modesto departamento darkie de la calle Sarandí, en Congreso. No eran entrevistas, sino, como proponía Solari, “prender el papagayo y empezar a hablar”, largas charlas al amparo de la noche rodeando una mesa donde emergía una casera picada de bodegón regada de (siempre) cerveza negra.

Sus presentaciones se mudaron a sitios ad hoc pero algo más amplios, como Cemento y el Atenas de La Plata, en cuya lista de invitados siempre se repetía mi nombre. Ahí entendí que también yo era parte de su clandestinidad y que podía acceder a los camarines para atestiguar de las conversaciones, olores, ruidos y ensayos preliminares de esos tipos.
Poco después la escena se puso heavy y el descontrol en sus shows encontró su salida de emergencia al desmadre del público en un viejo cine de Constitución y, sobre todo, en una aparición en el Estadio Chico de Quilmes, donde el sempiterno pogo ricotero detonó con la irrupción temeraria de un colchón de dos plazas envuelto en llamas. El Indio paró en seco el pandemonium a mitad de la canción: “¡Hasta que no apaguen eso y se vayan esos pelotudos no vamos a seguir con esta misa!”, amenazó desde el escenario. Creo que fue ahí donde comenzó a leudar lentamente aquello de las “huestes ricoteras”. Su poder de convocatoria era tal que pudieron haberse convertido tranquilamente en un partido político: la obsecuencia ya se confirmaba entre sus incondicionales feligreses.

El caldo de cultivo ya venía hirviendo hacía rato y llevárselo sin más a la boca era cosa peligrosa. Después del asesinato de Walter Bulacio, los Patricio Rey dejaron de asomar la nariz en los lugares que solían vibrar y de a poco se animaron a un Huracán y un River, adonde tal vez empujado por un espíritu poco gregario, ya decidí no aparecer.

De ahí en adelante los tanteé a prudente distancia, desde mi prestada clandestinidad, hasta que consideré que todo se había transformado en un cliché intratable que se resistía a comulgar con aquel pasado. “La veo casi/ como un demonio/ y rasco la alfombra/ por su amor…”.

Ahora parece que el Parkinson le interrumpió el viaje al Indio, que ya no pudo detener el fuego con la verba, como Billy Joel, a sabiendas que no había ningún matafuegos a mano para extinguir las llamas que se venían abalanzando sobre su destino de mártir pop star. Se escucha en la televisión y estallan las redes que el fuego se apagó en Parque Leloir, en su refugio suburbano. Pero cuando se trata del Indio Solari, vaya a saber uno cuál es la verdad. Tal vez todo lo que se dice sea otra mentira, una pesadilla, fake news o uno más de esos mitos testarudos que se empeñan en engordar todavía más esas leyendas de la misa.

Etiquetas: Indio SolariParakulturalPatricio ReySky
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