Las abejas son un eje fundamental para la seguridad alimentaria de América Latina y el Caribe, una región que enfrenta déficits nutricionales graves y el avance acelerado de la pérdida de biodiversidad. Así lo advirtió Andrés González, oficial de Ganadería Sostenible, Sanidad y Biodiversidad Animal de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en el marco del Día Mundial de las Abejas.
“Sin polinizadores, sin abejas, simplemente la vida en el planeta va a desaparecer”, afirmó el especialista. A nivel global, el 75% de los principales cultivos alimentarios depende de la polinización animal, llevada adelante por más de 25.000 especies de abejas y otros insectos. Esto significa que la mayor parte de lo que llega a la mesa de los hogares está directamente ligado a la salud de estos animales.
El impacto no es solo nutricional: una dieta equilibrada requiere variedad para garantizar el aporte de vitaminas, minerales y nutrientes esenciales, y perder a las abejas reduciría drásticamente el espectro de alimentos disponibles. Solo en Argentina, Brasil, Chile, México y Uruguay, 228 millones de toneladas de alimentos son atribuibles directamente a la polinización por insectos, con un valor estimado de 22.900 millones de dólares según cifras de la FAO.
González subrayó que América Latina y el Caribe ha hecho esfuerzos importantes por reducir los índices de subnutrición y pobreza, pero que aún queda una brecha significativa por atender. En ese contexto, la pérdida del servicio ecosistémico de la polinización podría resultar catastrófica para la producción de alimentos en la región.

Frente a este escenario, la meliponicultura —es decir, la producción con abejas nativas sin aguijón— emerge como una alternativa sostenible con profundas raíces culturales. En Centroamérica, comunidades originarias mantienen desde hace miles de años una relación estrecha con estas abejas, utilizando sus productos tanto con fines medicinales como alimenticios. Hoy, esa práctica ancestral se combina con una dimensión económica y social relevante: la FAO promueve capacitaciones en esta técnica, con especial énfasis en mujeres productoras de zonas rurales. Brasil, que alberga 250 de las 600 especies conocidas en el mundo, es uno de los países donde estas iniciativas tomaron forma concreta, con programas de formación orientados al empoderamiento femenino y al aumento de los ingresos familiares.
Sin embargo, el panorama general es preocupante. Estudios a gran escala revelan una pérdida anual de entre el 30% y el 40% de las colonias de abejas melíferas y sin aguijón en América Latina y el Caribe, en línea con la tendencia mundial. La crisis climática, la fragmentación y deforestación de los bosques, el uso insostenible de pesticidas y la llegada de especies invasoras son los principales factores que explican esta caída.
Para González, las abejas funcionan como un indicador claro del estado de salud ambiental: donde hay bosques sanos, hay polinizadores; donde los ecosistemas se degradan, las colonias desaparecen.
Por eso, la FAO hace un llamado urgente a los gobiernos de la región para que establezcan políticas públicas orientadas al uso responsable de agroquímicos y a la creación de corredores biológicos que protejan los hábitats de estos insectos. La apuesta, en definitiva, es por un modelo productivo que entienda a las abejas no como un recurso secundario, sino como un pilar invisible pero indispensable del sistema alimentario global.

