Sobran biografías y notas periodísticas que refrendan el amor recíproco entre Glew y Raúl Cipriano Soldi. Decenas de anécdotas se multipican, pero fundamentalmente su legado dan cuenta de ello: el Museo que alberga más de 60 obras, entre óleos, grabados y dibujos y por supuesto La Capilla Santa Ana con sus hipnóticos 13 murales dedicadas a la virgen.

Según revelan, el flechazo sucedió en 1933 cuando, recién llegado de Europa, el artista fue a pasar un domingo en la quinta de un amigo de su esposa. Calles de tierra, carruajes traqueteando, volantas con caballos, y un aire de paz campestre lo cautivan, en relación a la bulliciosa Milán que dejó atrás. “Glew me adoptó”, diría después, sintiendo que este rincón bonaerense —con sus molinos, vacas y vecinos humildes— era el antídoto a la urbe asfixiante.
El idilio se profundiza en 1953, cuando, invitado por el padre Jerónimo —párroco de la humilde Capilla Santa Ana—, Soldi decide pintar sus paredes blancas, vastas como un lienzo virgen. Lo que empieza como un fresco experimental (“al seco”) se convierte en una epopeya: 23 veranos consecutivos, de 1953 a 1976, donde pinta 13 murales que narran la vida de Santa Ana —madre de la Virgen María— con toques renacentistas.
Escenas como “Los quehaceres domésticos de Santa Ana”, “La reconciliación de Santa Ana y San Joaquín”, “Nacimiento de María” o la monumental “Glorificación de Santa Ana” (6×13 metros, terminada en 1966) integran la realidad glewense: retrata a la cocinera del cura, a sus hijos, a la amiga de su esposa, gallinas picoteando en el piso de tierra, y hasta el almacén local convertido en biblioteca.

“Pinto como si la historia bíblica hubiera ocurrido aquí, entre ciruelas y higos”, confesaba, mientras el calor veraniego lo cubría de polvo y sudor. Glew no fue solo lienzo; fue refugio familiar. Soldi llegaba en carruaje —hoy preservado en el Centro Cultural La Volanta—, instalaba taller en la sacristía y compartía mesas con gauchos y peones. Colaboró con el ceramista Cósimo Manigrasso en el Vía Crucis de mayólicas, y donó obras que impulsaron la Biblioteca Popular Pablo Rojas Paz, con 33.000 volúmenes. Para Soldi, Glew lo “hizo trascender”: “Aquí encontré la armonía que buscaba”, admitía Zulema Ozón, directora de la Fundación Soldi, citando sus palabras. Ese vínculo transformó el pueblo —hoy con murales homenaje como el de Oscar Di Biase— en un santuario vivo, donde el maestro dejó no pinceles, sino raíces.
Asignatura Pendiente
Y sin embargo, hay algo de aquel paisaje que subyugó al artista que persiste y genera interrogantes. Hoy el Museo Raúl Soldi, tesoro íntimo en el corazón de Glew, como dicen las crónicas, parece estar librado a su suerte y quedar aferrado a los buenos recuerdos. Recorrerlo genera admiración y un sinnúmero de imágenes pensadas sobre las circunstancias de cada obra, de cada cuadro, pero falta de respuestas acaso por el notorio desgaste de dicho espacio.
Entre donaciones directas del maestro: 40 óleos, 15 dibujos y 5 grabados de su colección privada, junto a cartas, bocetos y objetos cotidianos que evocan su taller, el museo sobrevive con el halo que dejó el pintor y un aura a prueba de la erosión cotidiana. Cualquier visitante puede entusiasmarse a priori al llegar y pispear las salas temáticas sobre su vida y un pequeño teatro para espectáculos infantiles, como “El viaje de Círculo” de la compañía Fantoche Violeta. Sin embargo, es como si Soldi estuviera esperando un gesto de Glew. Ojalá que sus habitantes y quienes bregan por nuestro patrimonio cultural, recuperen el entusiasmo por cuidar, promover y fomentar el encanto de su legado.



El Museo está ubicado en Calle Rauch 276, Glew, Partido de Almirante Brown, Buenos Aires, a metros de la Parroquia Santa Ana, formando un circuito soldiano ideal.


