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Home Agronegocios

Riesgo climático: por qué el agro argentino necesita cambiar su forma de gestionar

El Ágora Por El Ágora
7 septiembre, 2026
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Villegas: Preocupa la situación por las inundaciones con pérdidas que superan los 5.000 millones de pesos

Inundaciones

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El riesgo climático dejó de ser una variable más dentro de la incertidumbre habitual del campo argentino y comienza a convertirse en uno de los principales desafíos para la actividad. Sequías, inundaciones y temperaturas extremas pueden afectar los rindes, comprometer los ingresos y encarecer el financiamiento, pero también poner en tensión a toda la cadena agroindustrial.

Los relevamientos de la Universidad Austral, como la Encuesta de Necesidades del Productor Agropecuario (ENPA) y el Ag Barometer del Centro de Agronegocios y Alimentos, muestran señales de que los factores climáticos ganarán protagonismo en los próximos años, independientemente de la escala de la explotación.

La experiencia reciente ofrece ejemplos concretos. La sequía que se extendió durante tres campañas entre 2020 y 2023 y el impacto de la chicharrita en la campaña 2023/24 dejaron en evidencia hasta qué punto un shock puede afectar no solo la producción, sino también la capacidad de repago, el acceso al crédito y la rentabilidad.

Frente a este escenario, el desafío ya no pasa solamente por responder ante un evento extremo, sino por incorporar el riesgo climático a la gestión del negocio agropecuario.

Cuando un evento climático extremo provoca una caída en los rendimientos, sus consecuencias exceden al lote. La incertidumbre también alcanza a las compañías aseguradoras, que enfrentan mayores dificultades para estimar pérdidas y diseñar coberturas cuando los fenómenos son más intensos e impredecibles.

El resultado puede traducirse en primas más elevadas o menor disponibilidad de determinados seguros. Y cuando las herramientas de cobertura se vuelven insuficientes, el problema también llega al sistema financiero.

Un productor expuesto a mayores riesgos y con menos herramientas para cubrirlos puede enfrentar mayores costos de financiamiento y más dificultades para acceder al crédito. De esta manera, un evento climático termina impactando sobre las decisiones de producción e inversión.

Por eso, reducir la vulnerabilidad climática no debería considerarse únicamente un objetivo ambiental. También puede ser una forma de reducir riesgos financieros, estabilizar el negocio agropecuario y sostener la inversión.

Este escenario obliga a revisar la manera en que el sector entiende los recursos naturales. Durante mucho tiempo, el suelo, el agua y otros recursos naturales fueron considerados principalmente como insumos disponibles para sostener la producción. Pero esa mirada comienza a mostrar sus límites cuando la variabilidad climática aumenta y los sistemas productivos deben enfrentar shocks más frecuentes o difíciles de anticipar.

El concepto de capital natural propone un cambio de perspectiva: entender esos recursos como activos que sostienen la actividad económica y cuya condición tiene consecuencias directas sobre la productividad futura.

Cerca de la mitad de la economía mundial depende directamente de la naturaleza y prácticamente toda la producción de alimentos depende de la salud del suelo. Cuando ese capital se degrada, las consecuencias no quedan restringidas al establecimiento productivo: afectan la capacidad del sistema para responder frente a situaciones adversas.

Un suelo saludable, una adecuada gestión del agua y una mayor biodiversidad pueden contribuir a que un sistema productivo tenga mayor capacidad para absorber y recuperarse de determinados shocks climáticos.

La lógica, entonces, cambia. El suelo deja de ser solamente la superficie sobre la que se produce y pasa a ser un activo biológico cuya conservación y capacidad de regeneración tienen valor económico.

En este contexto, la tecnología aplicada al agro puede adquirir una función que va más allá de mejorar la eficiencia o reducir costos.

Las herramientas digitales, la agricultura de precisión y determinadas prácticas regenerativas pueden contribuir a fortalecer funciones de los ecosistemas. La cuestión central es identificar qué problema concreto ayuda a resolver cada una.

¿Permite mejorar la retención de agua? ¿Reduce la erosión? ¿Contribuye a recuperar la salud del suelo? ¿Favorece una mayor biodiversidad?

Plantear estas preguntas permite analizar las decisiones tecnológicas y productivas desde una perspectiva diferente: no solamente cuánto producen o cuánto cuestan, sino también cuánto contribuyen a reducir la vulnerabilidad del sistema.

Sin embargo, todavía existe una brecha entre la percepción del riesgo y las estrategias utilizadas para gestionarlo. Los productores reconocen la importancia creciente de los factores climáticos, pero esa preocupación no siempre se traduce en decisiones concretas de manejo.

El desafío de gestionar el capital natural

El cambio de enfoque implica también una transformación en la gestión empresarial del establecimiento.

El desafío consiste en pasar de una lógica centrada exclusivamente en la explotación de recursos a otra orientada a administrar el capital natural y los servicios que brinda en el tiempo.

Eso supone tomar decisiones que no estén determinadas únicamente por el resultado de la próxima campaña, sino también por la capacidad productiva del establecimiento en los próximos años.

Para avanzar en esa dirección serán necesarias capacitación, extensión, información, acompañamiento e incentivos adecuados. Si la conservación y regeneración del capital natural generan beneficios que exceden al productor individual y alcanzan a toda la sociedad, esos beneficios también deberían encontrar reconocimiento en las reglas económicas que orientan las decisiones privadas.

La discusión sobre riesgo climático y producción agropecuaria no es exclusiva de Argentina. Gobiernos, empresas y mercados financieros incorporan cada vez más los factores ambientales a sus evaluaciones de riesgo.

La Encuesta de Percepción de Riesgos del Foro Económico Mundial de 2025 ubicó cinco riesgos ambientales entre los diez más relevantes a nivel global. Además, el sector privado identificó a los eventos climáticos extremos como la principal amenaza para los próximos años.

América Latina y el Caribe aparece, además, como la región con mayor preocupación frente a los riesgos climáticos.

Los estudios de la Universidad Austral van en la misma dirección: el productor agropecuario percibe el riesgo climático, pero todavía enfrenta el desafío de transformarlo en estrategias concretas de gestión.

El Niño vuelve a poner el foco sobre el riesgo climático

El próximo episodio de El Niño volverá a poner a prueba la capacidad de respuesta del campo argentino. Pero, más allá del fenómeno puntual, cada evento extremo puede funcionar como un recordatorio de una transformación que ya está en marcha.

La discusión no debería limitarse a cómo atravesar la próxima campaña. La pregunta de fondo es qué tipo de agro se quiere construir para los próximos años.

Gestionar el riesgo climático implica también revisar el valor económico del suelo, el agua y los demás activos naturales sobre los que se sostiene la producción.

En ese escenario, cuidar el capital natural deja de ser una cuestión separada del negocio agropecuario. Se convierte en una parte de la estrategia para sostener la productividad, reducir vulnerabilidades y preservar la capacidad de generar rentabilidad en el largo plazo.

Etiquetas: Agricultura de precisiónagricultura regenerativaagro argentinocambio climáticocapital naturalEl Niñofinanciamiento agropecuarioproductores agropecuariosriesgo climáticoriesgo productivoseguros agropecuariossequíasuelouniversidad austral

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