En el marco del ciclo Cosecha Propia, impulsado por la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (FCA-UNLZ), Manuel Soubelet —ingeniero agrónomo y productor agropecuario en Chivilcoy— compartió su historia, tan personal como representativa de muchos productores argentinos: un vínculo profundo con la tierra, el peso de una tradición familiar centenaria y la certeza de que, sin conocimiento, no hay futuro posible para el campo.
Soubelet creció en Rawson, un pequeño pueblo del partido de Chacabuco. La conexión con el campo le llegó desde la infancia, en la práctica diaria y en los relatos familiares que le transmitieron sus padres y abuelos. “Lo que más me marcó fue ese olor a tierra negra, húmeda, cuando se daba vuelta con el arado y venían las gaviotas a comer los bichitos. Me dije: yo quiero hacer esto, quiero producir”, recuerda.
La historia de su familia está íntimamente ligada a la ruralidad: descendiente de pastores vascos-franceses llegados a fines del siglo XIX, es la cuarta generación dedicada a la producción agropecuaria. En el casco de la estancia familiar aún se conservan piedras de molino del siglo XVIII, vestigios de una historia agraria que precede incluso a la fundación de Rawson.
La universidad como semilla de conocimiento
Cuando tuvo que elegir qué estudiar, se inclinó por la Zootecnia, aunque pronto se volcó a la Agronomía, y desde entonces reconoce el valor de esa decisión: “La Facultad me dio mucho. Me permitió conocer distintas producciones y me brindó herramientas técnicas que siguen siendo parte de mi trabajo diario”.
Egresado de la UNLZ, Soubelet desarrolla hoy un modelo de producción en la zona núcleo que integra soja, maíz y trigo en un esquema de rotación, al que se suman cultivos complementarios como cebada y girasol. “El girasol volvió en algunos lotes de menor calidad, un poco por el precio. El productor necesita que los cultivos sean rentables para poder sostenerse”, explica.
Competitividad, resiliencia y políticas públicas
Pero no todo es agronomía. La coyuntura impone sus reglas: desde el clima hasta las políticas impositivas, las variables que condicionan el trabajo de los productores son muchas y no siempre previsibles. “El productor argentino es tomador de precios. Podemos ajustar costos, buscar eficiencia, pero cuando los precios internacionales bajan y el clima no acompaña, como ocurrió con la seca 22/23, es muy difícil sostenerse”.
En este escenario, Soubelet remarca la desventaja relativa de Argentina frente a sus países vecinos: “Uruguay, Brasil, Paraguay, Bolivia producen sin retenciones. Acá venimos de una larga inercia de gobiernos que mantienen una presión impositiva fuerte sobre el agro”.
Frente a todos estos desafíos, hay algo que no cambia: el amor por la tierra. “Producir es una elección de vida. Es continuar un legado, pero también es una apuesta al futuro. Y para eso, la formación es clave. La Facultad me dio las herramientas para poder pensar y trabajar el campo de una manera profesional”.
La historia de Manuel Soubelet es, en definitiva, un testimonio del valor que tienen la educación pública, la identidad territorial y la pasión por el trabajo rural. Una cosecha propia que empezó con un sueño de chico y que hoy rinde frutos en los suelos fértiles de Chivilcoy.




