Lo que comenzó como una promesa en Alemania 2006 terminará en Estados Unidos 2026 como una incomparable realidad. En el medio, veinte años de una relación con la Selección que pasó por diferentes etapas: frustración, abandono, coronación y redención. Un recorrido por las distintas versiones de un futbolista que tardó más de una década en encontrarse con su propia historia.
Hay una fotografía del 26 de junio de 2016 que resume varios años de una vida. Messi camina por el césped del MetLife Stadium de Nueva Jersey después de que Chile levantara la Copa América del Centenario que Argentina no pudo alcanzar. Tiene los ojos perdidos. No llora. Es peor. Parece estar mirando algo que está muy adentro suyo y que no le gusta lo que ve.
La bomba explota algunos minutos después. “Es difícil, el momento es duro para cualquier análisis. En el vestuario pensé que se terminó para mí la selección. No es para mí. Es lo que siento ahora. Es una tristeza grande que me vuelva a pasar. Me tocó fallar el penal a mí, era importantísimo. Ya está, es por el bien de todos. No nos conformamos con llegar a la final y no ganarla. Ya lo intenté mucho, ser campeón con Argentina. No se dio, no lo pude conseguir”, lanzó con el peso de un traspié mucho más profundo de lo que se veía a simple vista.
Es que más allá del 2-4 en la tanda de penales ante la Roja de Juan Antonio Pizzi, el gol de Mario Goëzte, en la prórroga mundialista del Maracaná en 2014, y la también infructuosa serie desde los doce pasos en 2015, frente a los trasandinos, en la final de la Copa América, dejaron cicatrices que rápidamente se abrieron en aquella jornada.
Ocho años después, el 18 de diciembre de 2022, hay otra imagen. Messi levanta la Copa del Mundo en Lusail con los ojos cerrados, la boca abierta, los brazos extendidos. Parece que grita y reza al mismo tiempo.
Entre esas dos imágenes hay una historia completa sobre el tiempo, el fracaso, la paciencia y lo que puede hacerle a un hombre ganarse lo que más quiere cuando ya casi no lo espera.
Ahora en el 2026, cuando Argentina juegue en suelo norteamericano, Messi tendrá 39 años y disputará su sexto Mundial. Ningún argentino lo hizo antes. Muy pocos en la historia del fútbol mundial llegaron tan lejos.

2006: el chico que llegó para cambiar partidos
El primer Mundial de Messi fue el de Alemania. Tenía 18 años y viajó de la mano de José Néstor Pekerman como la promesa más visible del fútbol argentino, pero la Selección todavía le pertenecía a otros.
Juan Román Riquelme conducía el equipo desde la mitad de la cancha. Hernán Crespo y Maxi Rodríguez convertían los goles. Zanetti, Ayala y Sorin formaban la columna vertebral defensiva. Messi era el futuro, y el fútbol sabe tratar bien al futuro: con cariño y sin demasiada presión.
Su rol era claro: entrar desde el banco, sacudir la pelota, desequilibrar durante veinte o treinta minutos. Lo hizo bien. Metió un gol contra Serbia y Montenegro que ya mostraba todo lo que vendría. Pero Argentina cayó en cuartos ante el anfitrión, Pekerman no lo mandó a la cancha en una decisión controversial, y el torneo terminó antes de lo esperado.
Lo que quedó de ese Mundial no fue una actuación ni un resultado. Fue la intuición colectiva de que ese chico iba a cargar con todo, tarde o temprano.

2010 y 2014: el peso de ser Messi en la Selección
Sudáfrica 2010 encontró a un Messi que ya era el mejor jugador del mundo. El Barcelona de Guardiola había ganado todo lo ganable, y él era la pieza central de esa máquina. El problema era que la Selección no funcionaba como el Barça, y nadie sabía bien cómo hacer que un equipo nacional rindiera a la altura de su figura más extraordinaria.
Diego Maradona, ni más ni menos, conducía al equipo desde el banco de una manera que generaba tanto afecto como incertidumbre. Messi jugó bien, pero Argentina cayó en cuartos ante Alemania, que marcó cuatro goles. El equipo se disolvió demasiado rápido para que ninguna figura individual pudiera compensar la diferencia.

Brasil 2014 fue otra cosa. Por primera vez Messi asumió el liderazgo completo, no como delegado sino como protagonista necesario. Anotó cuatro goles en la fase de grupos. Llevó al equipo hasta la final con actuaciones que taparon muchas grietas colectivas. Fue el mejor jugador del torneo, aunque ese reconocimiento llegó cargado de una ironía cruel: Argentina perdió la final ante Alemania en el tiempo suplementario.
La imagen de Maracaná no es la de alguien que perdió una final. Es la de alguien que entendió, en ese momento exacto, que el fútbol puede ser profundamente injusto incluso cuando das todo lo que tenés.
La Pulga recibió el Balón de Oro por su actuación en Brasil. Nunca miró el trofeo.

El año en que casi se fue
Lo que vino después fue gradual y tuvo la forma de una presión que se acumula sin que nadie la anuncie.
Las finales perdidas de la Copa América 2015 y 2016 ante Chile transformaron la frustración en narrativa. Había quienes lo medían únicamente por los títulos que no había ganado con Argentina, como si el criterio válido para juzgar a un jugador fuera solo el fracaso.
La comparación con Diego se convirtió en un argumento circular que no admitía respuesta. Si Messi ganaba algo, era gracias al equipo. Si no ganaba, era su culpa.
Después de la mencionada derrota en la final de la Copa América Centenario, el rosarino anunció que se retiraba de la Selección. Tenía 29 años y había acumulado más derrotas en finales que cualquier otro jugador de su generación.
Volvió tres meses después. No hubo declaraciones grandilocuentes ni un evento especial. Simplemente apareció de nuevo, convocado y disponible.
La historia todavía no había terminado. Él lo sabía, aunque en ese momento no podía saber cómo iba a terminar.

Rusia 2018: el equipo que no alcanzó
El Mundial de Rusia fue el primer torneo donde Messi ya no intentaba resolver todo por sí solo, no por elección sino por convicción. La experiencia le había enseñado que ese camino no llevaba adonde quería llegar.
Pero el equipo tampoco ayudó. La interna entre Sampaoli y los referentes del plantel generó un clima que se trasladó al campo de juego. Argentina pasó la fase de grupos con dificultades, luego cayó ante Francia en octavos en un partido que Kylian Mbappé dominó con una velocidad que parecía de otra categoría.
Messi jugó bien en algunos tramos y desapareció en otros. El equipo no le dio contexto para ser determinante. O él no supo, en ese momento, cómo serlo en ese contexto.
Lo que quedó de Rusia, más allá de la eliminación, fue la decisión institucional de apostar por Lionel Scaloni como entrenador. Nadie esperaba que esa apuesta cambiara todo.

Un grupo que se construyó alrededor -y junto- a Messi
Lo que Scaloni hizo entre 2018 y 2021 no fue solamente construir un equipo. Fue construir un contexto.
La diferencia parece semántica pero no lo es. Un equipo es una suma de jugadores con roles asignados. Un contexto es el ambiente emocional y colectivo donde esos jugadores pueden rendir lo que saben.
Rodrigo De Paul, Alexis Mac Allister, Julián Álvarez, Enzo Fernández y varios otros encontraron un lugar donde podían jugar sin miedo. Y Messi, por primera vez en su historia con la Selección, encontró compañeros que no lo necesitaban para existir sino que existían junto a él.
Eso cambió su rol de manera profunda. Dejó de ser el soporte de una estructura frágil y pasó a ser el mejor jugador de un equipo sólido. La diferencia entre esas dos posiciones es enorme.
La Copa América 2021, ganada en el Maracaná —el mismo estadio donde había llorado siete años antes— fue la primera señal de que algo había cambiado de manera irreversible.

Qatar 2022: la versión libre
Lejos de la angustia de sus anteriores participaciones, en Qatar hizo siete goles y regaló tres asistencias. Fue el jugador del torneo. Pero lo más llamativo no fueron los números sino la manera en que los produjo: sin la urgencia desesperada de quien necesita justificarse, sino con la calma de quien ya sabe que está donde tiene que estar.
La final contra Francia fue probablemente el partido más extraordinario de toda la historia de las Copas del Mundo. Argentina empató 3 a 3 en el tiempo reglamentario y suplementario, con Mbappé marcando un hat-trick en el segundo tiempo para empatar cuando todo parecía resuelto. Después, los penales.
Messi pateó el primero. Entró.
Cuando Gonzalo Montiel convirtió el último, Messi cayó de rodillas y se desahogó con una intensidad que tenía veinte años guardada adentro.
La imagen recorrió el mundo en segundos. En Argentina, las calles se llenaron de gente que lloraba sin saber bien por qué. Quizás porque habían visto a alguien alcanzar algo que había costado demasiado, y eso les recordó algo propio.

2026: el capítulo que nadie escribió todavía
El Mundial de Estados Unidos, México y Canadá tendrá una pregunta que ningún torneo reciente pudo plantearse: ¿puede un equipo defender el título con el mismo DT, la misma base de jugadores y el mismo capitán?
Sólo dos selecciones lograron quedarse con un certamen de forma consecutiva: Brasil (en Suecia 1958 y Chile 1962) e Italia (Italia 1934 y Francia 1938). El contexto actual de Argentina no tiene precedentes recientes: un grupo consolidado, un entrenador que lleva ocho años construyendo el mismo proyecto y un capitán que llega habiendo ganado todo lo que había para ganar.
Para Messi, el torneo tiene una dimensión diferente a la de Qatar. Allá llegó buscando algo. En 2026 llega sin deuda pendiente. Eso puede ser una liberación o puede ser el mayor desafío psicológico de su carrera, porque nadie sabe del todo cómo funciona la motivación cuando el sueño principal ya se cumplió.
Lo que sí es claro es que Messi eligió seguir. Pudo retirarse después de Qatar y nadie le hubiera pedido más. En cambio, siguió entrenando, siguió en el Inter Miami, siguió aceptando convocatorias y siguió compitiendo.
Esa elección dice algo sobre él que ninguna estadística puede decir: que el fútbol todavía le importa de una manera que va más allá de los títulos.
A los 39 años, en su sexto Mundial, Lionel Messi no busca probar nada. Busca jugar. Y eso, quizás, es lo más interesante de todo.




