Nota realizada con información publicada en AUNO en el marco de un trabajo grupal del taller de Televisión de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora.
A los 98 años, desde un geriátrico de Luis Guillón, María Eugenia Álvarez revive el día en que sostuvo la urna para que Eva Perón votara en 1951 y repasa una vida marcada por la confianza y el cariño de la dirigente.
María Eugenia Álvarez llega al patio del geriátrico Dulce Hogar tomada del brazo de su enfermera. Avanza despacio y se acomoda en el sillón preparado para la entrevista. No deja de ser simbólico que hoy esté acompañada por una cuidadora: hace varias décadas, ella también lo fue. Y no de una paciente cualquiera, sino de Eva Perón, figura central de la historia argentina y del movimiento que conquistó el voto femenino.
A los 98 años, María Eugenia conserva una lucidez que emociona. Recupera con detalle los gestos, las miradas y los momentos compartidos con Evita, a quien acompañó en sus últimos años de vida y con quien formó un vínculo profundo. Entre todos los recuerdos hay uno que la atraviesa todavía: el día en que sostuvo la urna para que pudiese votar desde su cama el 11 de noviembre de 1951. Ese día, en el que se inauguró el sufragio femenino en la Argentina, ella tenía apenas 24 años. “Yo temblaba; era una hojita temblando con la urna en mis manos”, cuenta con una mezcla de ternura y orgullo, como si aquella escena siguiera viva frente a ella.

Comenzó a estudiar enfermería a los 15 años, guiada por un amigo de su padre, el prestigioso médico Adrián Jacobo Bengolea. Fue él quien la recomendó ante Perón para cuidar a Evita. María Eugenia recuerda la advertencia de su maestro de forma casi cinematográfica: “Hijita, vas a cuidar a la esposa del presidente de la República”. Aún hoy, cuando lo repite, abre los ojos sorprendida, como si todavía le costara creer el lugar que le tocó ocupar.
De conocer a Evita solo por las películas pasó a estar todos los días a su lado. Aquel 11 de noviembre no solo sostuvo la urna para la dirigente, sino que también votó ella misma por primera vez. “Sentí libertad, que podía votar en mi país, ser libre como los pájaros”, dice. También recuerda las emociones de las mujeres y las resistencias de algunos varones frente al nuevo derecho que transformó la vida política del país. “Las mujeres estaban locas de alegría”, cuenta entre risas suaves, como quien rememora un triunfo colectivo.
Evita no solo la eligió como enfermera, sino que también la puso al frente de la Escuela “7 de Mayo” de la Fundación Eva Perón, donde se formaban enfermeras hospitalarias. María Eugenia lo recuerda con orgullo: “Salían unas enfermeras formidables”. Con humor añade que, si se descuidaba, Evita hasta le dejaba la casa a su cargo. “Eva y el general tuvieron mucha confianza en mi persona”, dice.
Los recuerdos más dolorosos aparecen cuando habla de los últimos días de Evita. Acaricia una foto enmarcada, la observa con atención y nombra a cada uno de los médicos que aparecen. Explica que al principio la dirigente no conocía la gravedad de su enfermedad, pero que con el paso del tiempo comenzó a sospecharlo. Un día, cuenta, Evita le preguntó si no tendría cáncer. “Usted lo que tiene es una enfermedad como tantas”, le respondió, aunque en su interior sabía que la situación era muy delicada. “Se me estaba muriendo”, dice con la voz entrecortada. Aún así se mantuvo firme a su lado, tomándole el pulso y la presión, acompañando cada momento.
De Perón habla con afecto y respeto. Lo recuerda preocupado, triste después de la muerte de Eva, y confiesa con cierta timidez que estaba profundamente enamorado. “Evita estaba muy enamorada, pero más estaba él”, dice mirando hacia el cielo, como pidiéndole permiso para revelarlo.
La enseñanza más valiosa que le dejó Evita fue la vocación por seguir formando enfermeras para la patria. “Hacían falta enfermeras recibidas y yo lo hice”, afirma con convicción. Recorrió hospitales de varias provincias y trabajó allí donde la necesitaron, siguiendo el mandato que la dirigente le transmitió.
La tarde cae en el patio del geriátrico. María Eugenia toma mate, come bizcochuelo y escucha “Por una cabeza”. Su cuidadora propone poner la Marcha Peronista y ella sonríe, levanta los dedos en una V y la canta completa. A sus 98 años, sigue celebrando la vida con la misma fuerza con la que sostuvo aquella urna que la convirtió para siempre en testigo privilegiada de la historia argentina.

