Por Julio Acosta, guionista de cine.
Eurípides es uno de los tres grandes dramaturgos de la Grecia clásica. Vivió y produjo en una Atenas (la del siglo V A.C.) que representó el apogeo de la cultura helénica, y a la vez, como suele suceder, marcó el inicio de una crisis de valores largamente sostenidos. Como un Sísifo que carga su roca hasta la cima sabiendo que, indefectiblemente, esta deberá caer por la otra ladera, el gran autor nacido en Salamina fue consciente de vivir una época de cambio, de cuestionamientos, y aceptó ser heraldo de los nuevos tiempos. Algo “olía mal” en la Hélade; lo honesto era exponerlo.
Aún cantado, el culto heroico del combate se desleía. La guerra había mostrado ya demasiadas veces su secuela de miserias, de orfandades, viudeces y exilios. Los simpáticos dioses, que solían encarnar los vicios y virtudes de los mortales, evidenciaban su trasfondo díscolo e ingrato, se volvían más humanos, menos divinos. Las virtudes viriles habían traído desolación, y Eurípides, como nadie, reorientaba el “seguidor” de la escena, alumbrando el lado femenino de la historia. Su “Medea”, drama individual, es un caso arquetípico de esa inversión de papeles protagónicos; “Las Troyanas”, tragedia colectiva, no le irá en zaga.
Hemos escrito en presente la primera oración de estos apuntes. Y ello porque Eurípides “es”, sigue siendo uno de esos artistas imprescindibles por atemporales, de esos que hunden el escalpelo en una carne esencialmente humana y por ello, tal vez, eterna. Si el dramaturgo griego, además, pasa por Sartre y se actualiza a través de Ercolano y Decoud, sólo podemos esperar contemporaneidad, puro presente.
Un viernes de septiembre vimos en el Salón “Héroes de Malvinas”, hábilmente convertido en sala de teatro, una puesta de la obra en cuestión, a cargo del Elenco de Teatro Popular de la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV). El resultado no pudo ser más satisfactorio.
Trataremos de enumerar algunas de sus muchas virtudes.
Cuando el público entra en la sala, los actores (las actrices) ya están allí. Son mujeres en pena, troyanas derrotadas. La quietud de piedra las inmortaliza en su hora de más profundo dolor. El retablo vivo pero en suspenso tiene el cromatismo que le cuadra: colores terrosos, grises, mates. Son seres del polvo y la humareda. El diseño y la realización de vestuario (Mabel Decoud / Marcela Gómez) refuerzan la trama, y hablan por sí. Hasta la indumentaria de Hécuba es un logro; el rebozo negro le cae sobre el manto púrpura, color regio; el luto tapiza su majestad, sin lograr abolirla.


Si vestuario y colores son atinados, las referencias sonoras no lo son menos. Maderas, parches, cuerdas de lira, aerófonos clásicos griegos, de manos del tradicionalista Thanasis Kleopas, dan apenas un marco de época, aportan clima sin invadir. Recién hacia el final se impondrá el caudal sonoro de Vangelis Papathanassiou, y ello en el momento justo. Todo como fruto de la excelente tarea de Axel Govednik.
Las obligadas aberturas de la sala están aprovechadas de modo que la circulación parezca obedecer al plan dramático. La marcación coral se atiene al tradicional papel de este recurso escénico: el de aclarar, comentar, iluminar la trama.
Mabel Decoud suele tener una virtud notable en cada una de sus adaptaciones para este elenco. Suele ser fiel al espíritu de los textos y, en una envidiable alquimia, hacer que en los mismos resuenen ecos del presente. Como en otra oportunidad Moliere, por ejemplo, aquí está sin duda Eurípides, sus reconocibles frases y parlamentos, pero también las alusiones a realidades o a riesgos demasiado contemporáneos como para no sacudirnos.
A riesgo de resultar injusto para con todo un elenco parejo, es dable reconocer los méritos de una Hécuba (Fabiana Serra) en cuyas espaldas cae gran parte del peso de la obra; de una Helena (Lala Ginzuk) consciente de los maleables encantos de su femineidad; de un Poseidón (Igor Evaldt Becker) cuya voz (que luego suma a la de los otros Muertos Troyanos) evidencia gran caudal sonoro.
Hay momentos de la obra que nos acompañan aún después de dejar la sala. Los desvaríos (o no tanto) de Cassandra; las dolidas razones de Andrómaca; el despojo de su hijo; el cadáver del niño sobre el escudo de su padre, escena cruda que sería inconcebible en una época más arcaica del teatro ateniense. El escudo era una pieza fundamental para la tradición helénica; solía ser forjado por un dios para que lo llevara con honor un semidiós o un héroe; las madres le encomendaban a sus hijos volver “tras o sobre tu escudo”, esto es: vivos y con gloria o muertos pero con honra. En la puesta, es el cadáver de un niño (sólo se insinúa algo de rojo en el centro del blanco atadito de su cuerpo) el que yace sobre esa pieza: es la cruda impiedad de la guerra, sin orlas vanas; la guerra limpia de toda (masculina) idealización.

El elenco de teatro de la UNDAV ha hecho una labor elogiable. Mabel Decoud y compañía han desafiado a los dioses del más alto teatro clásico y han vuelto “tras el escudo”. Nos han dado el irremplazable bálsamo del arte. Por sus méritos, la esperable “catarsis” se ha operado. Salimos de la sala, más limpios, reflexivos; de algún modo, justificados. “Lo han hecho de nuevo”, nos decimos. “Lo han hecho mejor”.

